martes, 26 de diciembre de 2017

Lecturas (El cuento de la criada)

El cuento de la criada (Margaret Atwood, 1985) es una novela distópica que rebosa explotación sexual. La narración es fluida, de frases breves y contundentes, la forma de hilvanar acontecimientos, acciones, impresiones y recuerdos no resulta del todo lineal, la narradora da pequeños y grandes saltos que por momentos genera confusión para retomar el hilo conductor y seguir adelante con la trama central, aún más enriquecida y compleja. Cuando terminé de leer la novela sentí la familiar sensación de abandono al concluir una obra que me ofreció compañía y distracción durante algún tiempo.

Ese mismo día releí unas cincuentas páginas de un libro que me regaló una compañera en la época del colegio, hace un poco más de veinte años. Es de un escritor colombiano, un escritor reconocido pero poco leído, el libro fue un regalo de amor y amistad, en aquel año se estrenó la versión cinematográfica protagonizada por una famosa actriz de los noventa, una película lenta que destila, como suele ocurrir, el ego inflado del director. El libro es aburrido, narra las peripecias del protagonista masculino, siempre en crisis, siempre renegado, siempre al margen, al borde del abismo, en el tercer capítulo se encuentra con la mujer que da título a la obra, una vieja conocida con la que ha compartido amores y aventuras, falta otro más para el triángulo que se avecina. Hasta ese momento las descripciones, plagadas de efectos que pretenden ser poéticos y de los recuerdos que detona cualquier objeto, han agotado el interés en la historia. Recuerdo que había un prostíbulo (o varios), putas (y más putas), hombres fracasados, pobres, mañosos. Un digno bestiario. En el fondo, lo que me molesta de ese tipo de literatura es el afán de ciertos autores por retratar al marginado dotándolo de un aura especial, un interés de pervertir y subvertir el orden social cuando, al final, lo obedecen ciegamente y lo reproducen. La cosa amorosa es patética, encuentros fortuitos, casuales, solo sexo y poco sentimiento.

Recuerdo que mi amiga me preguntó si me había gustado, le respondí “sí, me encantó”, fue una mentira piadosa que me sacó de un apuro. Para la gente que no lee, regalar un libro a un lector es como hacerle un favor, no se les ocurre que uno puede ser selectivo. Sin embargo, tal vez si lo releyera completamente descubriría que no es del todo desagradable, incluso, podría gustarme. Tal vez hace unos años no me habría gustado El cuento de la criada, me hubiera parecido inverosímil, absurdo, aunque bien escrito. O quizá sí me habría gustado, en la juventud leemos con gusto la desesperanza como si fuera una luz que vence a la oscuridad. Pero a esta edad, cuando la desesperanza ha dejado de ser algo exótico para convertirse en algo cotidianamente cercano, tanta desesperanza embota los sentidos, invade la mente y ralentiza el pensamiento. El cuento de la criada es el horror de la desesperanza en un mundo donde la crueldad se respira, se vive, no porque sea imaginada, sino porque es parte inexorable de la realidad. Es inevitable, nada se puede hacer, salvo intentar sobrevivir a costa de sí mismo y por encima de los otros. ¿El resultado? Seres que se adaptan a las situaciones más abyectas. 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Testigos

Cuando la ansiedad invadía mi cuerpo y me arrastraba a rincones oscuros, un hombre era asesinado a pedradas, lapidado en una calle del barrio El Parque, ocho hombres lo rodearon y lo mataron. No hubo vecinos que acudieran en su ayuda, no hubo policías que llegaran a tiempo, sólo curiosos que registraron en sus celulares el horror. Y fue rápidamente compartido, en la noche de ese día el registro audiovisual llegó a la televisión nacional. Sin censura, sin imágenes distorsionadas, miles fueron testigos, vieron hombres jóvenes cargar bloques y descargarlos sobre un cuerpo maltrecho y la vida huyó y se asentó la muerte, y ahí sigue su sombra, recorre las calles, y en la mirada de todos se proyecta porque fuimos testigos y no hicimos nada, fuimos testigos y callamos.

jueves, 3 de agosto de 2017

Lluvia

La lluvia pertinaz invadió la ciudad, empezó en la tarde y continuó a primeras horas de la noche. Se desbordó un río, allá en la periferia, en esa área rural que poco se conoce. Damnificados, dice la prensa. Más de dos mil, agrega la radio. La ciudad se detuvo, las calles inundadas, la humedad que sofoca las fosas nasales. El repiqueteo constante sobre el tejado. Un día inusual. Hoy fue un día soleado, pero desde las cuatro de la tarde se oscureció el cielo. La llovizna comenzó después de cinco, a las seis el tono dorado del atardecer inundaba las estancias de la casa. Un dorado melancólico. La memoria se espabila en esos momentos de fulgor vespertino. 

lunes, 31 de julio de 2017

Sobrevivir al desarraigo (La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates)

La novela La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates, gira en torno al desarraigo provocado por la violencia y la discriminación, un fantasma que sobrevuela sobre todo aquel que quiera luchar por un lugar en el mundo. Rebeca sobrevive al sino trágico de su familia, y se reinventa a pulso en medio de titubeos y mentiras. Lo hace y lo seguirá haciendo por el resto de su vida. El final se aleja un poco de la trama central, sólo un poco, pues retoma una conexión imaginada en la infancia y abruptamente interrumpida antes de que se haga real. Se trata de un epílogo epistolar entre la protagonista y una prima que creyó muerta en el holocausto. Parece que el gran interrogante que subyace a la vida azarosa de Rebecca, a esa vida inventada y exitosa de esposa de un músico famoso, de madre de un pianista famoso, lo que subyace es ¿por qué sobrevivió? ¿Cuál es la razón por la que unas personas mueren y otras sobreviven pese a condiciones adversas, sobreviven con las mínimas posibilidades de sobrevivir? Este conflicto existencial se hace presente espontáneamente durante ciertas etapas de la vida de cualquier persona, pero es aún más evidente y acuciante cuando se trata de alguien que “debió” morir, que se salva “milagrosamente”. Suele pasar que mientras se busca el sentido o el designio divino, se siente que la búsqueda es incierta, incluso, absurda, al respecto, la novela devela su intención: no existe tal fin, casualidades, accidentes, qué más da. En realidad, no hay nada que buscar sólo sobrevivir, pues “son accidentes todos los acontecimientos de la historia”. No existe una meta que haga de la vida una carrera de obstáculos, por el contrario, es un simple discurrir de accidentes, la voluntad humana es sobreponerse a esos momentos, esquivarlos o enfrentarlos de la mejor manera posible y seguir adelante, siempre adelante, pues no hay periodos de prueba, no hay un volver atrás para deshacer los errores. El final acentúa la voz de la prima judía que sobrevivió al holocausto: “En la antropología biológica comprobamos que el deseo de descubrir « significado» es un rasgo de nuestra especie, entre otros muchos. Pero eso no planta « significado» en el mundo. Si la historia existe de verdad es un gran río, o un pozo negro, al que van a parar innumerables corrientes de menos importancia y afluentes… No hay un « río destino». No hay más que accidentes en el tiempo. El científico lo señala sin sentimiento ni pesar” 

domingo, 9 de julio de 2017

Impresiones de Cacao (Jorge Amado, 1933)

Resultado de imagen para Jorge Amado Cacao
Jorge Amado, 1933, Cacao
Me senté a leer Cacao, de Jorge Amado, en la arena apenas tibia de las primeras horas de la mañana. Frente al vaivén de las olas y su estela blanca. Es una obra de los años 30 del siglo XX, se inscribe en la corriente de la militancia social. ¿Obrera?, no lo sé. Es un poco ingenua desde la mirada del nuevo siglo. Las descripciones son detalladas y conservan algo de calidez pese al realismo exacerbado. Sin embargo, la realidad se divide en malos y buenos, ricos y pobres, patronos y trabajadores. El mensaje que transmite es que el amor noble es el de la consciencia de clase. Otras formas son mezquinas. Pero debo reconocer que es el pensamiento de la época, demasiadas injusticias, conservaban la ilusión de alguna manera. Desde entonces, mucha agua ha corrido. El mundo no es negro ni blanco. Hay una gama siniestra de tonos que nos mantienen en vilo. En Cacao hay una historia recurrente. El hijo del patrón desflora las muchachitas de la hacienda. Hubo una que apenas tenía diez años, el papá de la niña se enteró, la echó de la casa y terminó en la calle del barro, el lugar de las putas, y finalmente se suicidó cuando se encontró de nuevo al hijo del patrón y este le dice lo fea que está. Pasa otro caso igual, una amiga del protagonista. ¿Por qué son echadas de sus casas?, ¿abandonadas a su suerte? ¿Por qué se espera que resistan los atropellos del tipo rico y poderoso cuando su familia, en primer lugar, y la sociedad les han negado protección? ¿Qué honor, qué dignidad es cuestionada? No terminan de putas porque el tipo usa y abusa de los cuerpos sino porque son expulsadas del círculo familiar. Desprotegidas, sin un techo, sin comida. Es el abandono el que asesta el golpe de gracia que ya el abuso sexual (incluso es abuso aunque haya habido consentimiento, pues la seducción es atravesada por el poder que representa este personaje) había infringido a las jóvenes campesinas. 

lunes, 3 de julio de 2017

Testigo (Revista Sinestesia)

Pronto será de noche, en las últimas semanas oscurece más temprano, te gusta ver cómo la penumbra inunda la sala de la casa. Quieres dormir pero no puedes, mamá no ha hecho la comida, lava ropa ajena en el patio...

https://www.revistasinestesia.com/2017/05/testigo/

martes, 6 de junio de 2017

¿El reverso de las ataduras?

Wonder Woman, 1943

Wonder Woman es la película del momento, el creador de esta superheroína fue William Moulton Marston (1893-1947), sicólogo que trabajó en el ámbito de la “psicología de la normalidad” y sentó las bases para el polígrafo al crear la prueba de presión sistólica de la sangre. Creía que las mujeres eran más honestas que los hombres y, de paso, que trabajaban mejor. Sin embargo, lo peculiar de su postura es lo que podría llamarse “Feminismo de ataduras”, toda una idea conflictiva. En su vida familiar llevaría esta idea a su máximo esplendor: se casó con una colega, quien trabajaba y ganaba el sustento para la familia, y se enamoró de una de sus estudiantes. Vivieron felices los tres en un entorno poliamoroso, teniendo hijos con una y otra. La ex estudiante se quedaba en casa como una buena ama de casa, mientras la esposa en toda regla se iba a conseguir el sustento y él, por su parte, le daba rienda suelta a sus ideas locas. Ni tan locas. El hombre, además, era aficionado al bondage y feminista de remate, o al menos, eso creía. Y se recreaba en la paradoja, a saber: pensaba que a través de la sumisión, la mente de la mujer se liberaba, pues cedía el control a otra persona, por lo que la aceptación de la vulnerabilidad la convertía en un ser más fuerte. Era evidente la influencia del sicoanálisis: el miedo y el amor que convergen en un crisol que estalla con la tensión sexual. Se convierte en asesor pedagógico de All-American Comics, en cuyo primer informe destaca la ausencia de heroínas o figuras emblemáticas femeninas que inspirasen fuerza y heroísmo entre las mujeres. Esta reflexión lo llevó a crear Wonder Woman, con el auspicio del editor. Su heroína sería una mujer fuerte, cuyas villanas se regodeaban en atarla. Contaba entre sus poderes con el lazo de la verdad que, al igual que el detector de mentiras, lograba su objetivo mediante el sometimiento. Sumisión y poder, sí, definitivamente, una idea conflictiva.

Referencias

Pérez Fernández, Francisco. 2010. “William Moulton Marston: polígrafos, cómics y psicología de la normalidad”. En: Revista de Historia de la Psicología. Vol. 31, núm. 2-3 (junio-septiembre), pp. 151-166.Universitat de València: España. Consultado en: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3330225.pdf


Lecturas (El cuento de la criada)

El cuento de la criada (Margaret Atwood, 1985) es una novela distópica que rebosa explotación sexual. La narración es fluida, de frases bre...