lunes, 26 de febrero de 2018

Obviedades


Querido diario: 

He tenido mejores días, ¿he tenido mejores días? Mi memoria falla y olvida. Recuerda lo que le conviene pero no necesariamente lo que me conviene. No quiero esto. Quiero otra cosa. ¿Qué quiero? Lo he olvidado. Nada quiero. Nada deseo. Nada importa. La existencia se diluye entre mis dedos, el sentido es la humedad de la piel, incómoda, incomprendida. Deja un rastro pero nadie sabe qué es. Dormir. Eso quiero, es una manera de no existir. Durante el sueño dejamos de ser lo que somos. Invaden las imágenes, abyectas y escalofriantes. Los cuerpos sinuosos y alargados que se mueven de manera subrepticia, luego hallan un ser al cual aferrarse, lo hacen, tocan y trastocan el orden. Surge el caos, ahí los ves, tú no, yo, soy yo quien ve, los veo anudarse, aferran el ser hasta ahogarlo en el sopor de sus contracciones. Es patético, lo sé. Nada sé pero eso sí lo sé. Es un mal día, he tenido mejores, ¿los escribí? No. Suele inspirarme los malos días. Los buenos fluyen sin recordación, la escritura los elude. Alguien dijo que de la felicidad no nace la literatura. No importa. ¿Para qué?

miércoles, 14 de febrero de 2018

El viento



El viento ruge, azota puertas y ventanas. 

Entra, arrasa, impone su presencia.

Un viento huracanado que doblega.

Las bolsas de plástico danzan frenéticas.

La ropa tendida en los patios

baila al vaivén de brazos invisibles.

Y ruge y ruge más fuerte el viento.

Los árboles vibran de emoción contenida.

Las ramas estremecidas, trémulas.

Días atrás, un ulular sereno

Un suave gemido en las noches,

apenas asustaba a los pequeños.

Pero hoy, ayer, tal vez mañana

su fuerza se ha enardecido,

los adultos se aferran despavoridos

a sí mismos, a su voluntad necia.

Caminan con lentitud, paso a paso,

se esfuerzan, se detienen, esperan.

Y el viento ruge y ruge

¡Aquí estoy!, grita feroz.

lunes, 22 de enero de 2018

Diario de campo

(Fragmento tomado del diario de campo, enero de 2015)

Un hombre que es cabañero de Parques Naturales nos guió. Llegamos a una cabaña de aspecto descuidado y de grandes proporciones. Es producto de la extinción de dominio a algunos bienes de Chupeta, un narcotraficante que sembró el terror hace varios años. La cabaña tiene cinco cuartos, cada uno con baño, la cocina es espaciosa y rústica. Caminamos hasta el mar, luego de descargar el morral y la nevera pequeña sobre una mesa. El mar estaba picado. El oleaje violento. Nos llevó al río Don Diego, allí nos dimos un chapuzón, también conocí al señor Jesús, un hombre de la zona, que nos contó la historia del lugar, salpicado con anécdotas de su vida:

“En esta zona había mucho perezoso, nosotros aquí le decíamos perico y como ellos son así, como aguados, entonces se llamó así: Perico Aguao. Ahora no se ve mucho pero todavía quedan unos cuantos. Cuando llegamos aquí esto estaba lleno de peces, también se veían zaínos, guartinajas, ñeques y muchos más. Los pozos eran de cuatro metros de profundidad. En Palomino, yo de niño vivía en Palomino, allí había pozos de hasta siete metros con tres niveles. Un nivel de agua fría, en el segundo el agua era cálida y el tercero era aún más frío que el primero. Pero éramos ignorantes, no sabíamos mucho y usábamos dinamita. Recogíamos una gran cantidad de peces. Un montón. Yo lo que nunca hice fue echar pólvora en el mar, eso sí me daba miedo, varios sí hacían eso, se tiznaban las manos y las plantas de los pies con carbón y aceite para que los tiburones no los atacaran porque con el olor a sangre llegaban en cantidad, así como jureles. Entonces, de entre los tiburones sacaban los jureles, pero eso a mí sí me daba miedo. Tengo sesenta años, yo nací en Palomino, me trajeron de tres años. El Palomino se llamaba Taminaka que es un nombre indígena pero en esa época había un comerciante de apellido Palomino y él tenía un cayuco grande, de esos que le dicen Johnson, grande, muy grande, lo cargaba de mercancías y se iba en él hasta Santa Marta, se iba por mar, un día llegó ahí a la desembocadura, se tiró al agua a bañarse y, claro, ahí había de todo, de todo, el río se abre y uno encontraba caimanes, babillas, tiburones, de todo, estamos hablando de hace cincuenta años o más, así fue que lo cogió un animal, digo yo, y ni más. Se murió el señor, entonces quedó Palomino el río por el comerciante de apellido Palomino. Hay un lugar, le decimos Los muchachitos, son como siete kilómetros, puros acantilados. Una familia se fue caminando bordeando la playa, y hay una zona, por el acantilado, donde a uno le toca caminar por entre las rocas. Entonces los papás iban adelante y los cinco hijos detrás. Y los niños hicieron bulla y en esa parte el ruido atrae el mar, uno pasa y el mar está bajito, la marea está bajita, pero si hacen ruido, el mar se levanta. Eso pasó, cruzaron los papás y cuando fueron a pasar los niños, sólo dos pudieron avanzar, los tres más pequeños se los tragó el mar. Por eso es que ese sector, justo por ese lado, le dicen Los muchachitos. Yo he vivido toda mi vida aquí, aquí me crié y de aquí no he tenido que salir pero si les contara las cosas horrendas que yo he visto. ¡Horribles! Pero pese a todo, somos gente sana, aquí siempre han tenido problemas los rateros, los sapos y los viciosos, cuando encontraban un muerto, tenía el cartel encima, que por rata o por vicio, claro, muchos se metieron en eso por ignorancia. Cuando estaba don Hernán hubo problemas, primero fue con los Rojas, luego con los paracos que llegaron y esta zona se puso fea. Gente que yo conocí de niñito, hay uno que está preso, les cuento que era un muchacho que jugó con mi hija cuando eran niños, los papás me lo mandaban a la casa a que jugara y no anduviera por ahí en la calle, yo lo cogía de las orejas. Y un día lo fui a visitar a la cárcel. ‘Ay, don Jesús, tantos consejos que usted me dio y mire, yo no le hice caso’. Y así hay muchos casos, muchachos que yo conocí, amigos que de un momento a otro estaban metidos en eso, yo sé que esa gente tenía mucha labia, por eso es que en esa época uno tenía sus amigos pero nada de estar en casa de uno o del otro. A mí me propusieron muchas veces, yo tenía una renoleta y me decían que le llevara unos papeles a tal persona, yo les decía: ‘ay, yo soy muy miedoso, a mí me pregunta alguien y me entran los nervios y me pongo amarillo, cualquiera se da cuenta’. Entonces, me decían que yo no ayudaba a la patria y esas cosas. Pero así fue como le fui sacando el quite pero esto se puso feo, hace unos años todavía se estaban matando pero, cómo le digo, por un lado es la ignorancia, y por el otro también hubo muchos muertos entre ellos mismos. Ahora estamos más bien tranquilos, hemos tomado consciencia de que hay que cuidar la naturaleza. Ya no se permite la pesca con arpón, casi ni se pesca, y estamos con el cuento del turismo, claro que esa gente casi no se metía con el turista sino con los que vivían acá pero no hubo quién cayera por andar en malos pasos”.

Luego de su monólogo, el señor Jesús se fue, nos quedamos un rato más en el río. A las dos nos fuimos rumbo a Los muchachitos, son cerca de siete kilómetros, hay varios miradores, pero hay uno que está mejor ubicado, allí nos bajamos y tomamos fotografías, había dos carros más. Pasamos por la entrada de una pequeña finca, la casa se ve derruida. No había nadie pero el guía dijo que conocía al señor. Cruzamos la carretera y pasamos por encima del separador de la vía, había una entrada en la cerca de púa. De ahí a la cabaña caminamos apenas cinco minutos. Eran las tres de la tarde cuando el guía nos habló de los cazadores furtivos. La caza está prohibida pero ellos como contratistas del Parque tienen que tratar ese problema, sin embargo, cómo hacerlo, cómo controlarlo, cómo enfrentarse con dos o tres hombres armados, así que en realidad es muy poco lo que pueden hacer:

“En este trabajo uno debe cogerlo suave porque si no, la vida te atropella. Así de fácil, así es, pelaos. Un día estamos acá, comiendo tranquilos, bien bacano, y otro día damos un mal paso o vemos lo que no es y ya está, hasta ahí llegamos. Un amigo mío del Parque, él también es cabañero pero antes era del grupo que caminaba, me contó que un día llegó un pelao a Ciudad Perdida, se creía el jefe, recién graduado y, claro, pagó la novatada, ¿por qué? Pues porque la gente cree que pisa una universidad y tienen a Dios agarrado de las huevas. Ustedes saben que de las reuniones siempre se debe llevar un registro: actas y fotos. Bueno, este muchacho se puso pesado porque allá arriba la gente no come cuento de eso. Ajá, y si tú no quieres que te tomen fotos, ¿quién te va a obligar? Él sí quería obligarlos, que tenían que firmar, que tenía que tomar fotos y ellos se rebotaron. ¿Quién manda?, ¿ustedes creen que manda el tipo del Parque? En el papel todo es bello pero póngase necio a creer que lo que está en el papel es lo que se hace, a ver si algún funcionario de allá de Bogotá te va a proteger acá. Ninguno. El Parque es una entidad más del Estado. ¿Por qué la gente no se toma fotos? ¡Ayyy! Pendejo el último, ellos saben que esa información la cruzan, dime tú que en un cruce de datos el sistema rebote una orden de lo que sea. Entonces, al pelao lo amenazaron, que dejara el azare porque se perdía en el camino. ¿Y qué le tocó hacer? Quedarse quieto, qué más. Así es el sistema. Ponte a creer en pajaritos preñados pa’ que veas la culebra que te ganas y completamente gratis. A más de uno le ha pasado. Yo he conocido muchos así, en la universidad son izquierdosos, bien rebeldes, pero ponlos a trabajar a ver si no se cagan del susto con el primer tropiezo”.

domingo, 21 de enero de 2018

Lectura colectiva

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Desde hace algunos meses leo con mis hijos Las ciudades invisibles, una ciudad cada día, hablamos, ellos preguntan, yo también pregunto, intentamos respondernos en medio de dudas y frágiles certezas. En los últimos días leímos a Fillide y Aglaura. La primera, imponente en sus construcciones, vías, cúpulas y demás formas, cuya imponencia se desdibuja en el discurrir cotidiano, cuando los ojos se habitúan a lo mismo y el contenido de las formas se escurre, dejando un vacío llenado a veces por la memoria. La segunda ciudad centra su esplendor en el lenguaje, lo que dicen de ella, alimentado por un pasado, por virtudes y defectos proverbiales que ya no existen salvo en el lenguaje, lo que fue excéntrico, hoy es usual, pero los habitantes se aferran a esa imagen que ha perdurado en el tiempo, de tal manera que esa ciudad hablada es más real que la ciudad vivida, desteñida en el presente. Ambas nos muestran el poder de la apariencia y de la memoria. Habitar en otros planos que convergen en la realidad, una realidad imaginada como evasión de la vivida.

sábado, 30 de diciembre de 2017

La soledad es algo serio

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Hace unos días mi mamá me contó la historia de una mujer que conoció años atrás, por allá en los noventa, en la época de la tienda. Maruja, es su nombre, se la encontró, no recuerdo en dónde, y conversaron un rato. Su esposo murió, se llamaba Mario. Tuvieron tres hijos. Maruja vendió la casa donde habían vivido, donde habían crecido sus hijos. La vendió porque se sentía sola, “la soledad”, repitió mi mamá, “¿puedes creerlo?, vendió la casa por la soledad. Me dijo que vivía sola en la casa porque ya los hijos están grandes y la visitaban sólo para llevarle los nietos. El hijo menor y su mujer iban y le dejaban su hijo, un niño insoportable, eso me dijo ella, que el niño es necio y no hace caso. Cuando se juntan todos los nietos ese es el que más molesta y a ella la tenían de niñera, iban solo a llevarle problemas, es que los hijos a veces se equivocan, creen que uno a la edad que tiene todo lo resuelve con los nietos, uno ya no está para criar, eso es una carga grande. Entonces ella un día dijo: vendo, reparto el dinero como corresponde. Ahora vive con el mayor, allí está arreglando un cuarto para ella, me dijo que ahí también se le está yendo un mundo de dinero porque en esta vida todo es plata. Pero se siente mejor, se la lleva mejor con ese hijo y su mujer. Yo me acuerdo de ellos. Yo pensaba cuando los veía: pobrecitos esos niños. Ellos siempre trabajaron, los dos esposos trabajando y los niños en casa comían solos, se arreglaban solos, lo que sí tuvieron fue que el primero que llegara a la casa se ponía a hacer el almuerzo, eso sí tuvo Mario, él no llegaba a esperar que la mujer le cocinara, él mismo cocinaba. Corrían a la tienda: rápido, véndame dos libras de pollo, media de arroz, y así era siempre. No sé por qué no hicieron más plata. Tampoco tuvieron carro, se movían sólo en buseta y esos niños criándose solos. Y ahora Maruja quedó sola, no sé de qué murió Mario pero lo que me sorprendió fue su respuesta: la soledad, la soledad es algo serio”.

martes, 26 de diciembre de 2017

Lecturas (El cuento de la criada)

El cuento de la criada (Margaret Atwood, 1985) es una novela distópica que rebosa explotación sexual. La narración es fluida, de frases breves y contundentes, la forma de hilvanar acontecimientos, acciones, impresiones y recuerdos no resulta del todo lineal, la narradora da pequeños y grandes saltos que por momentos genera confusión para retomar el hilo conductor y seguir adelante con la trama central, aún más enriquecida y compleja. Cuando terminé de leer la novela sentí la familiar sensación de abandono al concluir una obra que me ofreció compañía y distracción durante algún tiempo.

Ese mismo día releí unas cincuentas páginas de un libro que me regaló una compañera en la época del colegio, hace un poco más de veinte años. Es de un escritor colombiano, un escritor reconocido pero poco leído, el libro fue un regalo de amor y amistad, en aquel año se estrenó la versión cinematográfica protagonizada por una famosa actriz de los noventa, una película lenta que destila, como suele ocurrir, el ego inflado del director. El libro es aburrido, narra las peripecias del protagonista masculino, siempre en crisis, siempre renegado, siempre al margen, al borde del abismo, en el tercer capítulo se encuentra con la mujer que da título a la obra, una vieja conocida con la que ha compartido amores y aventuras, falta otro más para el triángulo que se avecina. Hasta ese momento las descripciones, plagadas de efectos que pretenden ser poéticos y de los recuerdos que detona cualquier objeto, han agotado el interés en la historia. Recuerdo que había un prostíbulo (o varios), putas (y más putas), hombres fracasados, pobres, mañosos. Un digno bestiario. En el fondo, lo que me molesta de ese tipo de literatura es el afán de ciertos autores por retratar al marginado dotándolo de un aura especial, un interés de pervertir y subvertir el orden social cuando, al final, lo obedecen ciegamente y lo reproducen. La cosa amorosa es patética, encuentros fortuitos, casuales, solo sexo y poco sentimiento.

Recuerdo que mi amiga me preguntó si me había gustado, le respondí “sí, me encantó”, fue una mentira piadosa que me sacó de un apuro. Para la gente que no lee, regalar un libro a un lector es como hacerle un favor, no se les ocurre que uno puede ser selectivo. Sin embargo, tal vez si lo releyera completamente descubriría que no es del todo desagradable, incluso, podría gustarme. Tal vez hace unos años no me habría gustado El cuento de la criada, me hubiera parecido inverosímil, absurdo, aunque bien escrito. O quizá sí me habría gustado, en la juventud leemos con gusto la desesperanza como si fuera una luz que vence a la oscuridad. Pero a esta edad, cuando la desesperanza ha dejado de ser algo exótico para convertirse en algo cotidianamente cercano, tanta desesperanza embota los sentidos, invade la mente y ralentiza el pensamiento. El cuento de la criada es el horror de la desesperanza en un mundo donde la crueldad se respira, se vive, no porque sea imaginada, sino porque es parte inexorable de la realidad. Es inevitable, nada se puede hacer, salvo intentar sobrevivir a costa de sí mismo y por encima de los otros. ¿El resultado? Seres que se adaptan a las situaciones más abyectas. 

jueves, 14 de diciembre de 2017

Instrucciones para preparar avena

La avena que preparo tarda en cocinarse. Lleva un poco de agua, varias cucharadas de avena en hojuelas, azúcar al gusto, una pizca de sal, un par de astillas de canela, revuelvo con una cuchara de palo, cuando hierva algunos minutos agregaré la leche. La avena que preparo hierve ya, debo estar ahí, de lo contrario, sube y sube y se derrama por los bordes, el líquido se pega a la superficie de la estufa, ensucia y atrae a las moscas que vuelan con descaro muy cerca, no temen al fuego ni a nada, las espanto con un trapo, ¡fuera de aquí!, impreco pero allí siguen las condenadas, limpio el mesón, limpio todo lo que tocan, casi todo, en el paño absorbente quedan algunas hormigas, abundan en el último mes, bajan por la pared de la cocina, entran por el resquicio de un ventanuco que da con el patio, son negras y dispersas, negras e inquietas, un ruido fuerte se oye fuera, sobre el techo tres iguanas pelean el territorio, solo gana una, parece la más vieja, el verde se funde con un color terroso, mueve la cabeza como si asintiera, no lo hace, solo avisa su presencia, la impone. Camina sobre la parrilla de hierro del patio, un poco más abajo hay ropa tendida sobre tres cuerdas, ropa de colores y de diferentes tamaños, ella se para expectante y deja caer sobre dos camisas su excreción. Manchas pardas se extienden sobre la tela mientras lo más sólido sigue su camino hasta el piso, se oye el 'plop' de lo desechado, ella sigue su andar sin preocupaciones, ignora el daño ocasionado, la ignorancia es bendita y feliz, saberlo todo es imposible, y casi todo es una maldición. Saber palabras, etimologías y significados, no es nada extraordinario, es un sinsentido cuando el lenguaje ha perdido la razón. El silencio es un reino de indiferencia, la ignorancia extiende sus brazos, se acerca presurosa, el saber la recibe con sospecha, con mirada torva da un paso atrás pero no puede evitar que ella lo estreche en un abrazo que lo asfixia, lo domina, inconsciente cae y se pierde. El silencio es el dueño. Nada puede hacerse. 

Obviedades

Querido diario:  He tenido mejores días, ¿he tenido mejores días? Mi memoria falla y olvida. Recuerda lo que le conviene pero no neces...